La niña que sabía dibujar el Mundo

Aquella ciudad era muy pobre.
Aquella ciudad era tan pobre que no tenía ni un solo día.
Todo su caudal se componía de noches y de noches.
Aquella ciudad estaba muerta.
Cultura 26/06/2026

WhatsApp Image 2026-06-26 at 18.54.48 Francisco Luis Bernárdez

 

Una vez, a la ciudad aquella llegó una niña.

Una niña que sabía dibujar el mundo.

Como la niña era buena se apiadó de aquella ciudad.

Y comenzó a dibujar las estrellas.

Dibujó millones y millones, sin cansarse.

Eran unas estrellas infantiles, igualitas a las que subieron al cielo.

Y estaban tan bien dibujadas que empezaron a brillar.

Después dibujó la luna.

Era una luna desganada y paseandera como la que suele enriquecer nuestras noches.

Lo mismo le debió parecer a la niña, pues tomando la luna entre las manos la levantó sobre aquella ciudad.

Después dibujó las casas.

Las hizo a su semejanza, es decir, modestas y tranquilas.

Sí le dibujó un patio abierto a cada una fue para que el cielo las estuviera siempre gobernando.

Eran unas casas bajas y lisas y silenciosas como las que nos enseñan a vivir y como las que nos enseñarán a morir.

Y estaban tan bien dibujadas que empezaron a contentarse, despacito.

Después dibujó las calles.

Eran unas calles largas y rectas como el mástil de una guitarra.

Si las hizo iguales fue para que ninguna abarcara más dicha ni más pena que las otras y para que al atardecer tuviera la misma intensidad y la misma latitud en todas ellas.

Eran unas calles como las que conoce nuestra felicidad monótona y vagabunda.

Y estaban tan bien dibujadas que empezaron a entristecerse, despacito.

Después dibujó las vidas de los hombres y de las mujeres.

Dibujó muchachos como nosotros y muchachas como la novia de cada uno de nosotros.

Eran humanidades sencillas y mansas, con la docilidad del agua y también con su hondura luminosa.

Humanidades como las de todos los que, ahora y aquí, coincidimos en un momento de vida y de voluntad de vida.

Y estaban tan bien dibujadas que empezaron a morir, despacito.

Después la niña dibujó todas las cosas del mundo.

Las presentes y las ausentes.

Como la niña era buena se las regaló a la ciudad aquella, que ya le pertenecía totalmente, con esa totalidad de poderío que tiene Dios sobre el pecado y el perdón.

La noche, que había visto el milagro, se persignó asombrada.

Así nació la Cruz del Sur.

Aquella ciudad se llamaba Buenos Aires.

Aquella niña se llamaba Norah Borges.

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 Por: Jaime Veas Oyarzo

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