


Milei se desploma en el Conurbano y el Gobierno busca narrativa de reactivación
El último informe elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella junto a Poliarquía Consultores dejó una señal que nadie en el oficialismo puede ignorar. La confianza en la gestión de Javier Milei cayó 6,5% en julio, acumuló seis retrocesos en los primeros siete meses de 2026 y mostró un dato que inquieta especialmente al círculo presidencial: el desplome más pronunciado se produjo en el Conurbano bonaerense.
El territorio donde la macro todavía no llega
El Índice de Confianza en el Gobierno quedó en 1,94 puntos sobre un máximo de cinco, con una caída interanual del 21%. Pero la alarma política no está únicamente en el promedio nacional. El foco se corrió hacia el Gran Buenos Aires, donde el indicador descendió 10,9% y se ubicó en apenas 1,63 puntos, el registro más bajo del país. La Ciudad de Buenos Aires mostró una baja del 5,6%, mientras que el interior retrocedió 4,7%, aunque conservó el mejor desempeño relativo con 2,09 puntos.
En términos de realpolitik, el problema no es estadístico. Es territorial.
El Conurbano concentra buena parte de la población, de la conflictividad social y de la disputa electoral. Allí conviven caída del consumo, deterioro productivo, salarios que siguen perdiendo capacidad de compra y un mercado laboral que todavía no consigue traducir la estabilidad macroeconómica en una mejora palpable para millones de hogares. La inflación dejó de ocupar el primer plano de la conversación cotidiana, pero eso no significa que haya sido reemplazada por una sensación de bienestar.
Ese diagnóstico ya circula dentro del propio oficialismo. En los despachos donde se procesan encuestas reconocen que la desaceleración inflacionaria y el ordenamiento fiscal todavía no lograron convertirse en percepción de recuperación para amplios sectores del Gran Buenos Aires. El objetivo ahora es otro: instalar con mayor fuerza la idea de reactivación económica antes de que el desgaste termine consolidándose.
No es casual que los jóvenes aparezcan como el segmento más crítico. Entre quienes tienen entre 18 y 29 años el índice se derrumbó 23%, hasta los 1,68 puntos. El resto de las franjas etarias mostró caídas mucho más moderadas. El dato tiene una lectura política inmediata: se trata de un electorado que fue determinante para el ascenso libertario y cuya expectativa estaba fuertemente asociada a una mejora rápida de las condiciones económicas.
Los componentes internos del índice refuerzan esa interpretación. Cuatro de las cinco variables retrocedieron durante julio. La mayor baja correspondió a la percepción sobre la eficiencia del Gobierno, con un descenso del 15,4%. También cayeron la capacidad para resolver problemas (-7,3%), la preocupación por el interés general (-6,9%) y la evaluación global de la gestión (-2,5%). Honestidad prácticamente no registró variaciones, con apenas un retroceso del 0,4%.
La lectura política es menos lineal de lo que parece. El oficialismo no enfrenta, por ahora, una crisis vinculada a la credibilidad ética de la administración. Lo que comienza a tensionarse es la expectativa sobre los resultados concretos de la gestión.
Por eso, en Balcarce 50 la estrategia comunicacional empieza a girar. El eje ya no pasa solamente por defender el ajuste o exhibir indicadores macroeconómicos estabilizados. La apuesta consiste en convencer de que la recuperación dejó de ser una promesa futura y empezó a manifestarse en la economía cotidiana. El desafío es que esa narrativa encuentre respaldo en la experiencia concreta de quienes todavía sienten que el bolsillo sigue varios pasos detrás de los gráficos oficiales.
El propio estudio confirma hasta qué punto la economía condiciona el respaldo político. Entre quienes creen que el país mejorará durante el próximo año, el índice alcanza 4,15 puntos. Entre quienes esperan un deterioro, se desploma hasta apenas 0,33.
En la política argentina las elecciones rara vez se ganan únicamente con balances macroeconómicos. También se juegan en el supermercado, en la fábrica que no recupera producción, en el comercio que sigue vendiendo menos y en el barrio donde la recuperación todavía no tiene rostro. El Gobierno parece haber entendido que esa batalla ya no se libra en las planillas del Ministerio de Economía. Se juega, sobre todo, en las calles del Conurbano, donde la confianza dejó de ser un dato estadístico para convertirse en un activo político que empieza a escasear.


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En la Casa Rosada ya no discuten si el Índice de Confianza en el Gobierno es una fotografía perfecta del humor social. La discusión pasa por otro lado: cuando distintos sondeos empiezan a contar una historia parecida, conviene dejar de mirar el termómetro y empezar a revisar la fiebre.