El 7 de Oro y el Toro, dos emblemas presentes

El 18 de setiembre de 1977, Roberto Mouras con la mítica Chevy dorada ganaba en el autódromo capitalino. Rompía una racha de Ford en ese escenario y además era el último triunfo de esa conjunción única.
Automovilismo21/09/2026

Decir Turismo Carretera y autódromo de Buenos Aires abre la memoria para recorrer faenas, jornadas y carreras memorables. Si bien la ruta ha sido el gran hábitat, el Coliseo porteño representó la Meca de la categoría que arrastraba millones de pasiones. El 18 de setiembre de 1977 significa una página en la que se volcó una parte de la rica historia de nuestro automovilismo.

 

Ese día, un emblema dejó su legado marcado a fuego. Ese día, el recordado 7 de Oro, con Roberto José Mouras al volante, se impuso, hizo delirar a los hinchas del Chivo y cortó una racha adversa que venía arrastrando en ese escenario icónico, enclavado en General Paz y Roca. Sería la última victoria de ese auto que se consolidó como un mito.

 

La Chevy dorada, con el auspicio del wisky de la época, con el Toro al volante significaba una conjunción de mística, que en cada aparición generaba una liturgia pagana entre sus creyentes. Era nada menos que el 7 de Oro, que a pocos días de la Primavera de 1977, brillaba más que nunca nada menos que en la Catedral porteña. Eran épocas picantes, de rivalidades parejas y profundas entre Ford y Chevrolet, las dos principales marcas que le dieron espectacularidad y folklore al TC, y que incluían a pilotos enraizados en el seno de la tribuna.260918-Mouras-2

 

La temporada 77 sentía una influencia clara de la anterior, en la que el Toro Mouras, con la mecánica de Omar Wilke y Jorge Pedersoli, había hegemonizado el TC. El 7 de Oro en 1976 había encadenado nada menos que la marca de media docena de triunfos al hilo. Todo un récord que había dejado la vara bien alta. Claro que la llegada al autódromo capitalino, en el marco del Premio ACTC, entregaba la sensación de desafío para el dorado Chivo. Es que se le había generado una sequía preocupante en ese escenario, que en contrapartida era dominado por el equipo oficial Ford, con el Polaco José Miguel Herceg al mando.

 

Sin embargo, la expectativa trepó a lo insospechado, y las tribunas se colmaron por la hinchada de los dos gigantes de la categoría, a la espera de que rugieran los monstruos de seis cilindros. La dorada Chevy asomaba impecable, sobria y con un rendimiento que apareció en las mismas series preliminares y clasificatorias (la primera fue para Mouras y la segunda para Traverso).

 

La final comenzó con la foto esperada y lógica: el 7 de Oro mostraba el camino, a partir de un ritmo sólido, con el que lograba contrarrestar el ataque que desparramada en pista los Ford Falcon del equipo oficial. El desgaste lógico del auto a medida que se acumulaban las vueltas era el gran enemigo de todos. En el caso del Toro, atentaba contra ese ritmo que había impuesto desde el inicio. Pero, con ese aplomo tan propio, el de Carlos Casares supo cuidar y administrar el sistema de frenos, la temperatura del motor y la degradación de los neumáticos. Y allí radicó una de las claves que lo pusieron en lo más alto.260918-Mouras-1

 

Roberto Mouras y su Chevy dorada

Por lo que se había visto en las baterías, todo parecía estar entre el Chivo de Mouras y el Falcon del Flaco, quien fue superando rivales, mientras el líder parecía regular la carrera. Allá, por la décima vuelta, Traverso achicó distancias y hasta hizo un intento de sobrepaso a la hora de negociar la Horquilla. Hubo un roce, pero Mouras lo aguantó y aceleró, el motor respondió y así le envió un mensaje claro al de Ramallo. No iba a ser fácil y el Flaco lo entendió.

 

El dibujo del 12 del autódromo capitalino mostraba dos sectores de frenaje claves: la Horquilla y la Chicana de Ascari. Allí, el 7 de Oro marcaba la diferencia a partir de la excelente tracción a la salida de ambas zonas de frenaje brusco y que, luego, en lo derecho le permitía sacar a relucir la potencia del motor, que significaba la otra herramienta letal del Toro.

 

La acumulación de décimas y segundos de luz sobre sus perseguidores conducían a una foto única: la bandera a cuadros besando la trompa dorada del 7 de Oro. Y cuando esto ocurrió, el autódromo fue un estallido, porque esa victoria del 18 de septiembre de 1977, significaba uno de los eslabones más fuertes de la carrera de un grande como lo fue Roberto José Mouras.

Aquel clasificador quedó con el Toro en lo más alto y dejó atrás a otros dos gigantes como el Flaco Juan María Traverso (Ford) y el Chango Esteban Fernandino (Chevrolet), su escudero. Más atrás siguieron: Hector Luis Gradassi (Ford), Caito Iglesias (Ford) y Jorge Recalde (Ford).

 

Además, representaba nada menos que la octava y última victoria oficial del mítico 7 de Oro en la rica historia del Turismo Carretera. Pero, sobre todo, volvía a ganar con la marca de sus amores y le cortaba la dulzura a los Ford oficiales en el Coliseo porteño. También por esto, el Toro Mouras y el 7 de oro siguen vivos en la memoria colectiva de nuestro automovilismo.

 

Crédito www.t2.ar

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