
Cuando hablamos de gloria, cuando adjetivamos situaciones echamos mano a la metáfora o bien a términos que suenan tan bien como exacerbados, siempre el centro es un piloto. Y está bien que así sea, pero también es justo y verdadero mirar hacia más allá de la pista, por caso un taller, la Meca de las victorias, de los títulos, aunque también de las broncas. Allí habitan los grandes ganadores anónimos, esos que poco hablan, pero que terminan con sus manos engrasadas y con la piel rugosa producto del trabajo que desarrollan en silencio.
Sin embargo, las generales de la ley marcan que el ruido y el champagne se los llevan quienes aceleraron arriba de un auto. De todos modos, en el universo del automovilismo deportivo han habitado hombres que dejaron grabado su legado y su nombre no sólo por sus y triunfos, sino por toda la enseñanza que dejaron. Tulio Crespi es uno de ellos, un verdadero alquimista de nuestro deporte motor, que acaba de partir de este plano.
Se ha convertido en hito, en leyenda a partir de la genialidad que cargaba en su mente y que de ahí se transmitía a sus manos de artesano, de esos que pocos quedan. Es que durante seis décadas desde su magia y la mecánica fabricó verdaderas obras de arte técnicas. Orlando Tulio Crespi (1938-2026) antes de partir a los 88 años, dejó un escrito que refleja su vida apasionada. Fue un trabajador de los fierros, pero además uno de los mayores innovadores y así dejó una huella imborrable en las pistas, pero también en la industria automotriz nacional.

A principios de la década de 1960, abrió su primer taller en Palermo Viejo y en 1963 tiró la primera sorpresa, cuando le dio forma el Tulia 1, un monoposto de chasis monocasco. Pero a esa historia le dio una vuelta de rosca, porque se su subió a su creación, en lo que fue su debut absoluto en el autódromo de Buenos Aires, en donde se alzó con la victoria.
Si bien su obra resulta inconmensurable tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo, la innovación volvió a ser parte de su genialidad. Porque construyó un verdadero hito en 1967 cuando le dio forma a El Petiso.
Todo nació desde un tremendo accidente que destruyó por completo el Torino de Turismo Carretera del recordado tucumano, Nasif Estéfano. Es que Tulio no se limitó a intentar una reparación convencional, sino que leyó el reglamento y llegó a la conclusión que podía rediseñar la silueta del coche. Así decidió acortar el chasis, bajó el techo y le dio un estilo aerodinámico que causó sensación por su rendimiento.
En una época dominada por las tradicionales cupecitas, Tulio Crespi desafió lo establecido con una visión aerodinámica de la modernidadd. Así nació el Tuli-1, un prototipo basado en el Torino, pero con líneas revolucionarias. Este modelo no solo demostró una velocidad notable, sino que también sentó las bases de la aerodinámica moderna en nuestro país fierrero.
Desde “El Petiso”. Tulio desembocó en que esos desarrollos de competición se podían trasladar a las calles. Entonces, aparecieron sus criaturas de turismo fuera de serie, como el Tulia GT y el Tulieta GT. Esas sofisticadas artesanías le permitieron abrir puertas que hasta ese momento eran impensadas, como que en 1975 fue invitado a exhibir sus creaciones en el prestigioso Salón del Automóvil de París.

La Mudanza A Balcarce
Un día, en la década del 80, combinó con Juan Manuel Fangio, con quien mantuvo una amistad cercana y un vínculo de admiración, establecerse en Balcarce, la ciudad del Quíntuple. Y así, su taller se transformó en una verdadera fábrica de monoplazas, ya que allí creó los autos de la Fórmula Renault Argentina.
Y con ello, durante décadas, la mayoría de los pilotos argentinos que saltaron al terreno profesional e internacional, dieron sus primeros pasos y se formaron sobre un chasis ideado por Tulio. Por Caso, la serie de chasis “Tulia” se constituyó en una escuela. Por ello, es considerado el “Padre de la Fórmula” en nuestro país. Asimismo, incursionó en el TC2000 a mediados de los 90 catapultó como base a talentos de la época como Guillermo Ortelli y Omar Martínez, algo así como sus ahijados deportivos, quienes arrancaron sobre los monopostos salidos de la Meca de Balcarce.
Grandes figuras
La sabiduría de Tulio Crespi bendijo autos de pilotos de gran talla: como Juan María Traverso (el Chevrolet de TC en 1994), o “Cocho” López, quien corrió en varias categorías y formó duplas con Crespi.; o Mariano Werner; quien resultó el último campeón de la Fórmula Renault Argentina con un chasis Crespi. Cómo no marcar en el TC a Nasif Estéfano, con el famoso “Petiso”, o Rodolfo “Rolo” de Alzaga, Carlos Marincovich, Fabián Acuña. En TC2000 se puede apuntar a Daniel Cingolani, Toto Etchegaray, Tito Urretavizcaya, Gustavo Der Ohanessian, su hijo, Luciano Crespi, entre otros.

Lo cierto es que su taller no fue solo un centro de reparaciones, se trató de un laboratorio tecnológico. Allí desarrolló su capacidad para trabajar el plástico reforzado con fibra de vidrio y los chasis tubulares, que le permitió competir de igual a igual contra presupuestos de grandes terminales. Es que su gran herramienta fue el talento innato. Fue un dechado de virtudes, pero hubo una que siempre lo destacó: esa rara habilidad para encontrar soluciones brillantes donde otros solo detectaban limitaciones.
En su despedida dejó dicho que había nacido con un martillo en la mano; que había sido un laburante del fierro, y que había tenido la suerte de convertir su pasión en su trabajo. Y sí, por todo ello, Tulio Crespi será siempre un símbolo de la pasión transformada en trabajo
Crédito: www.t2.ar


















