


Jorge Pedersoli, el hombre que le puso alma a los fierros
“Las carreras se ganan en el taller y se terminan en la pista”. Se trata de una frase que hemos escuchado a lo largo de años. Juan Manuel Fangio es su creador, pero en realidad ya forma parte de la sabiduría popular del deporte motor. Los héroes suelen ser quienes manipulan un volante y reciben como conquistadores una bandera de cuadros.
Sin embargo, aquello de que las carreras “se ganan en un taller” obedece a la existencia de verdaderos sabios que construyen su propio reino solitario. Dentro de ese grupo, llamado de preparadores o mecánicos, surge tan rápido como diáfana la figura de Jorge Pedersoli, quien hace un puñado de horas partió de este plano, en donde dejó una estela de virtuosismo.
Alguna vez, Juan María Traverso, quizás sin darse cuenta y sin buscarlo, clavó una definición que engloba todo lo que Jorge Pedersoli fue para y en el automovilismo: “Jorge le pone alma a los fierros”, dijo el Flaco.
Jorge Pedersoli, el que le ponía alma a los autos
El Petiso de San Martín perteneció a una generación romántica. Se formó, creció y se desarrolló entre guardapolvos con lamparones de aceite y grasa, con los infaltables mates que se estiraban hasta la madrugada y de fondo, como una sinfonía especial, un motor que rugía y atentaba contra el oído humano. El corolario lo representaba un impulsor que generaba emoción en miles de espectadores que esperaban en cada GP el paso de los TC a la vera de la ruta o en la pista de un autódromo.
Hablar de Jorge Pedersoli, más allá de los 14 títulos obtenidos como motorista, significa hacer un repaso de más de medio siglo de historia, de pasión, de perfeccionismo, de inteligencia. Con ello, se ganó un lugar en la historia para que aleje cualquier fantasma del olvido.
El preparador de San Martín caminó y descolló en una época dorada del Turismo Carretera, cuyos motores no se diagnosticaban con un software y tampoco se contaba con los simuladores. Por ello, todo pasaba por la artesanía, el oficio y la quirúrgica sensibilidad de un oído. Es que hacer mecánica venía de la mano de una lima, un torno y con mucho aceite bañando las manos de ese creador.
El auto de Roberto Mouras, otro de los tantos preparados por Jorge Pedersoli
Los caminos siempre conducían al taller de San Martín y no era por casualidad. Pero su figura quedó eternizada en la memoria popular en una dupla legendaria, que recorrió y perduró los tiempos: la sociedad Wilke-Pedersoli. Junto al recordado Omar Wilke conformaron una de los dúos más excelsos del automovilismo criollo, que parió plantas impulsoras consagratorias para Roberto Mouras, Juan María Traverso, Héctor Luis Gradassi y Oscar Aventín, más acá, ya como solista, para Guillermo Ortelli y Christian Ledesma.
Cada motor era un desafío personal, era su estilo de vida. Es que sus días no se medían en horas, sino en tiradas en el banco de pruebas, uno de sus hábitats preferidos, en donde el objetivo siempre era ganar una centésima de segundo que marcara la diferencia.
Nombres ilustres
Con Omar Wilke hubo un camino hecho que un día se terminó. Fueron hegemónicos, pero cada uno luego siguió por el suyo. Y así aparecieron otros nombres también emblemáticos. En los 90, Jorge Pedersoli formó un Dream Team con el Flaco Traverso y Alberto Canapino, que logró el histórico tricampeonato entre 1995 y 1997, además, de sumar su primer y único título de TC2000 junto al Flaco en 1995. Siempre Chevrolet fue su distintivo, pero se dio el gusto de que su motor alimentara el Ford Falcon campeón de Traverso, en 1999.
La franqueza distinguía su personalidad, que era imprescindible e infaltable en los boxes del TC. A pesar de que los reglamentos cambiaban y se modernizaban, siempre tuvo esa capacidad innata para interpretarlos.
El auto que jorge Pedersoli preparó para el Flaco Traverso
La relación con Juan María Traverso fue única. Eran casi un matrimonio. Estaban abrazados, celebrando y luego se cruzaban. La disconformidad del Flaco con los motores encontraba blanco en Jorge Pedersoli. Era un clásico de los boxes, pero el de San Martín nunca se quedaba con el vuelto.
También había lugar para las bromas, y en muchos casos pesaditas. El propio Traverso relató que en dos ocasiones le quemó el “quincho” -como el mismo lo definió- a Pedersoli cuando revisaba la toma de aire del carburador. El motorista le había aclarado que no acelerara, pero el Flaco, con el faso entre los dedos y una sonrisa cómplice, hizo todo lo contrario. Así anduvieron en la vida, entre amores, peleas y bromas. Lo cierto es que decir Jorge Pedersoli es sinónimo de maestría. Se trató de un artesano, cuyo nombre y recuerdo estará grabado en cada rugido de un motor.
Se dice, se cree, se estima, que en alguna estrella se ha creado un autódromo -no se sabe si pistero o rutero- que alojará una carrera sin nombre, sin tiempos, sin ganadores ni perdedores.
Allí llegó Jorge Pedersoli, en donde le dieron la bienvenida Omar Wilke, el Toro Mouras, Alberto Canapino y el Flaco. Todos armaron un equipo para ser parte de esa carrera eterna con un motor al que le faltaba alma, pero que Jorge Pedersoli se está encargando de colocarle para salir a pista una vez, con todos ellos.
Crédito www.t2.ar







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